I – El entorno.El Nabo venía de esquivar oficiales de justicia durante dos años pero mi abogada había logrado notificarlo con una carta documento. Estaba abrochado y furioso. A las dos primeras audiencias no se había

presentado, pero si no se presentaba a la tercera, cagaba.
Nadie, salvo Pepinita, sabía que yo había hecho humo las pilchas, tampoco mi abogada.
El Nabo se presentó bien aleccionado. Me estaban corriendo para echarme la falta. Era un tiro en la oscuridad...
II – La anécdota.Cuando vuelvo de la audiencia tenía menos de 24 horas para devolverle la ropa que ya no tenía.
Mientras volvía a casa uno de los ratones que corrían el rally Paris Dakar en mi cabeza dijo:
-Eureka!- y se hizo la luz.
Mandé a Pepinita a comprar bolsas de consorcio negras y cinta de embalar.
Hablé con dos vecinos y les pedí que me salieran de testigos cuando el Nabo llegara: uno dentro de casa y el otro en la vereda. La condición era que debían declarar llegado el momento lo que vieran: solamente la verdad y nada mas que la verdad.

Yo contaba con que:
- para la Justicia vale lo que está escrito.
- el Nabo, alérgico a “pagar” no iba a traer un escribano que diera fe del contenido de las bolsas.
- si yo tenía testigos que dijeran que el había retirado bolsas de mi casa, no había registro escrito de lo contrario.
- el testigo dentro de casa era para evitar violencia. Y si la hubiese, bienvenida era porque mi abogada tendría elementos para defenestrarlo por injurias.
Sí, le llené las bolsas de basura. No se equivocaron: trapos, almohadones, las frazadas de las perras. Llené 8 bolsas de consorcio. Seguí con cartones, cajas y cuando no tuve más salí a la calle antes que pasara el basurero…
Al día siguiente cuando abrí la puerta las bolsas ya estaban listas para entregar. El Nabo le ordenó a su empleado que las cargara y se fue sin decir nada. Hacía dos años que no veía a su hija y tampoco pidió verla.
Cuentan los allegados que abrió las bolsas en casa de su mamá, frente a ella y a sus sobrinos que esperaban la repartija del botín. Tengo entendido que lo transformé en una anécdota con la que amenizan las reuniones familiares hasta el día de hoy mientras su mamá sacude la cabeza y acota:
-Ayyyy este Negrito! Siempre el mismo boludo. (
Cuac)
III – El epílogo.
La demanda de alimentos la inicié a expreso pedido de mi hija. Ella sintió que era
algo que se debía hacer.
El Nabo pagó unas cuotas, dejó caer el convenio, yo lo embargué y terminó gatillando como el mejor. El dinero se dispersó entre honorarios, intereses y punitorios diversos, pero no en mi casa.
La perlita de todo esto fue que, sintiendo el rigor de un embargo, luego de dos años de silencio tocó por última vez el timbre de la casa donde una vez supo vivir y me dijo:
- Te das cuenta? Me embargaste y ahora no puedo emitir cheques. Todos los que di vuelven de culo, no puedo hacer negocios, tuve que pedir plata prestada para levantar los muertos. Me hicieron un juicio por los cheques sin fondo! Vos no podes permitir que esto me pase. Levantame el embargo por favor, no seas malaaa, dale…. Hacelo por la nena.
Lo miré. Pensé que era una joda. Pero no, era en serio. En serio de veras.
Sin levantar la voz, como en un diálogo común y silvestre le dije:
-Ismael, eso es lo que nos hace tan diferentes. Cuando yo necesité no toqué ningún timbre para mendigar ni plata ni piedad, y vos ni siquiera te enteraste. Hacete hombre, ya es hora.Levante el embargo previo papeleo, enterré los muertos, conté las bajas y una noche, sola sentada en el sillón frente al hogar recordé: