
de una señora que estuvo casada con un reverendo Nabo
I – El entorno.
El Nabo es hijo de una amiga de mi mamá. Lo conozco desde tiempos inmemoriales. Nuestras familias han pasado juntas Navidades, nos hemos ido de vacaciones a Mar del Plata, mi álbum de 15 está plagado de fotos…
Compartimos infancias, y el amor por mi papá, o al menos eso era lo que yo creía, que lo crió como a un hijo en su taller de carpintero en aquellas tardes cuando el nabito volvía de la escuela y nadie lo podía o quería cuidar…
II – La anécdota.
El 5 de enero del 2000 mi papá, ya de 84 años, paciente ambulatorio de diálisis tiene una descompensación cardiaca. Me doy cuenta al instante que la cosa dependía de la rapidez con que se actuara.
Levanto el teléfono y al toque llamo al Nabo:
- Ismael, vení por favor porque papá está muy mal. Hay que llevarlo urgente a la clínica.
Esta es la respuesta que obtuve:
- No me jodas, tomate un remis.
Colgué el auricular, llamé un remis, senté a mi papá (pesaba solo 38 kilos) en una silla de plástico de esas de jardín y entre el remisero y yo lo llevamos al auto y de allí al servicio de diálisis donde salió adelante y todavía vivió hasta los 88 años.
Aquella noche el Nabo volvió más tarde que nunca y jamás, jamás pregunto qué es lo que había sucedido. Jamás se enteró que Miguel estuvo en terapia varios días. Tampoco se lo preguntó a él cuando volvió a casa, y papá, conociéndolo, calló.
III – La enseñanza.
No voy a defenestrar al Nabo: con haber contado la anécdota es suficiente. Pero sí voy a rescatar la enseñanza que me dejó: frente a cualquier problema en la vida en vez de pedir ayuda lo más efectivo es resolverlo.
IV – El epílogo.
Miguel falleció el 3 de febrero del 2004. El Nabo y yo ya hacía cuatro años que estábamos separados.
Cuando tuve que disponer de sus restos, Pepinita llamó al Nabo para comunicarle el suceso.
Tengo entendido de boca de allegados a él, que lo lloró sin consuelo por mucho tiempo.
Y aún lo sigue haciendo…

(Mar de Ajó, enero de 1993)